Orfandad sin refugios –Novela- Capitulo IV

Víctor J. Pérez Montes

…traían 100 kilos de coca, iban con rumbo a Chicago…

La Banda del Carro Rojo

Los Tigres del Norte

Les diré que fui un don nadie y ni una chica se fijaba en mi

Hoy muchas cosas he logrado, y han de saber porque razón…

Un hombre respetable

Los Hitters

Capitulo IV

Era sábado, día de paga. Las filas eran larguísimas, nunca había sentido tanta angustia por cuidar dinero ajeno. Los obreros que de manera forzosa delineaban largas filas para recibir su pago semanal, empezaban a desesperarse. La picaresca obrera no se dejaba esperar. No había quien contuviera esa turba de humanos exigiendo su pago.

A lo lejos, se observaba una nube de polvo de la que salía el lenguaje soez, las rechiflas, los pleitos por el lugar más cercano,  las mentadas de madre, pero, sobre todo el reniego por la espera –que aunque la entrega era de manera rápida y eficiente-, se expresaban de manera violenta con las famosas pedradas, que solo se hacían sentir, de manera contundente sobre el techo y las paredes de la caseta de pago, localizada en la entrada de la amplia explanada previa a la termoeléctrica.

Sin dejar de mencionar, que en algunas raras ocasiones – y que bueno que eran las menos frecuentes- algunos trabajadores hacían sentir su desespero, al mover de un lado a otro la caseta de cobro. Verdaderamente, era toda una experiencia pagar a este ejército de obreros de la construcción.

Este extraño y peculiar ritual para  finalizar la jornada laboral, que iniciaba con exactitud cada sábado a las 2:00 pm y culminaba a las 3:22 pm, verdaderamente era impresionante. Cualquier espectador pudiera haber afirmado que era un desorden bien ordenado.

Sin embargo, era increíble ver cómo iban desapareciendo  las multitudes de aquel ejército de canteros, electricistas, pailadores, soldadores, plomeros, maquinistas, y albañiles, en tan poco tiempo, y  sobre todo, con aquella puntualidad que rallaba  en la disciplina militar.

Entre semana todo era tranquilidad. Ordenar papeleo, redactar documentos, archivar las facturas de gastos, hacer las llamadas a la sucursal de la constructora en la Ciudad de México, registrar gastos, solicitar los materiales de oficina a Guadalajara. Y por supuesto, tomar café como si estuviera en un velorio.

Es más, hasta chance tenía de echar el “novio” con la Lupita Zataraín, -una de las secres de contabilidad- una güerita  bien “piernuda” de contabilidad, que le encantaba usar unas minifaldas muy sabrosonas a la vista, que había conocido en mis ires y venires entre uno y otro departamento. Sin embargo, tengo que admitir, que tal relación no duró mucho, y no porque la Concha me haya cachado, más bien, fue porque un ingeniero que venía de Monterrey, me la bajó a la buena.

¡Era lógico!, lo tengo que admitir. Se fue con el que tenía automóvil, cartera llena y siempre vestido con traje de 3 piezas, pero, para ser honesto, eso no me dolió. Lo que me caló de verdad, fue que ni adiós me dijo la desgraciada, ni el besito de despedida, nada, en fin, supongo que en estas cuestiones de abandonamiento amoroso, lo mejor en callarse y seguir adelante.

Los días pasaron y la rutina parecía no tener mayor variación. Sentía que la monotonía manchaba el aire, y que el tiempo no tenía avance. Lo que provocó en mí, un sentimiento de seducción, que empezaba a adormecer mis sentidos y ganas de hacer algo más. Justamente cuando empezaba a sentir esa comodidad y conformidad, llegaba el Chale con un camarada que había conocido en la planta número 2, y eso, cambiaría de manera radical nuestro destino.

¡Quiubo pinche Johnny!, ¿Qué haces?, ¡Ya me dijeron que la Lupita te cambió por ese pinche inge!, ¡Ah mira que cabrona! Pero, ¿Sabes qué?, ¡Las viejas ya se la saben güey! Ven uno mejor, ¡Y te mandan mucho a la chingada!, ¡Por eso! Te traigo a mi compa  “El Cano”, este güey  nos trae una propuesta muy chingona.

Ambrosio Cano Gomís alias “El Cano”, era el nombre de este hombre 7 años mayor. Hombre alto, de tez morena oscura, cicatriz en su mejilla izquierda, de cabello crecido negro encanecido, anteojos grandes estilo aviador, siempre vestido con una cazadora de piel estilo Jim Morrison, pero, sobre todas esas características, tenía una actitud carismática, que seducía, caía muy bien. Era un tipo alivianado, el clásico tipo que caía muy bien, es más, se ganó de inmediato mi confianza.

Oriundo de la Ciudad de México, nacido y criado en la famosa –y turbulenta- colonia Guerrero, era el quinto hijo de trece. Sobra mencionar que su familia, siempre estaba en la “quinta pregunta” para sobrevivir. Su padre, era un alcohólico determinado y bien convencido, que acabó muerto en la entrada de una de las pulquerías de la colonia.

La mamá de nuestro singular amigo, “Doña Cholita”, era una señora que se dedicaba a lavar y planchar ajeno, y por si fuera poco, durante las noches, atendía un puesto de memelas en la banqueta de enfrente de la vecindad donde vivían. Por supuesto que, nunca sabía de sus hijos. O mejor dicho, no podía atenderlos y darles de comer a la vez.

Ambrosio nunca terminó la escuela primaria, es más, nunca terminó el tercer año. El director de su escuela lo corrió, porque se robó los dineros de la cooperativa escolar. Desde ahí se le veía el carácter y “recursos” que “el Cano” desarrollaría con los años. Ya en las calles, se involucraría con “los Spikes” -una de las pandillas que controlaban la Colonia Guerrero-. Los “Spikes” serían para él, una familia y a la vez, una escuela del delito. De esa manera, se iniciaría como carterista y como “goleador” –el que te vende cobre por oro-.

A los años, un amigo lo invitaría a trabajar para el departamento de Aseo y limpia, en el departamento del Distrito federal, como barrendero, que en realidad era una pantalla para de verdad desempeñarse como golpeador o máuser, durante los meses que duró el movimiento estudiantil del verano de 1968.

Como si fuera una hazaña de orgullo, Ambrosio relataba con lujo de detalle como hacía su trabajo de “limpieza” en el centro de la Ciudad de México: “…siempre traía en mi carrito de basura, una macana con alambre de púas retorcido en la punta, las mismas que nos daban los policías, y si veía a un chavo o grupo de ellos, la orden era golpearlo y amarrarlo para los policías, esa era la orden y yo la acataba, al pie de la letra”.

Siempre contaba entre risotadas y guiños vulgares, sus acciones inmorales e inhumanas realizadas a diferentes estudiantes durante los meses que duró el movimiento estudiantil, y en especial, contaba una anécdota sobre uno de los jefes policiacos, sobre un tal  general Cuétara y como lo había conocido:

En la esquina de Donceles y República de Brasil, había agarrado de las greñas, a unos chamacos cabrones de 15 o 16 años cada uno, que me suplicaban como maricas que los soltaran. En eso se bajó de un auto negro, muy lujoso, el general Luis Cuétara Rodríguez, y  me preguntó: ¿Qué estaban haciendo?, yo le respondí: Mi general, los agarré repartiendo papeles de su pinche huelguita y haciendo pintas contra nuestro gobierno.

El general Cuétara les dijo: ¡Muy bonito cabrones! ¡Que se los lleven a la delegación! y ahí les damos su calentadita, para que nos digan, qué más están planeando para esta chingadera. ¿Cómo se llama usted? Me preguntó el general. De manera solemne me enderecé, y le respondí: Ambrosio Cano Gomís, mi general.

¡Bien hecho Ambrosio! Más mexicanos como usted necesitamos en la policía, que puedan ayudar a resguardar el orden. En eso, que sacaba de su bolsa de la camisa, una tarjeta y a la vez, me dio la orden: Va ir a la comandancia de policía, le das esta tarjeta al teniente Gómez Ramírez, y le dice que va de mi parte y que le integre en el cuerpo de seguridad “Olimpia”, ahí le darán más instrucciones.

De esa experiencia, nuestro ilustre amigo, pasaría a formar el heroico cuerpo paramilitar llamado “Batallón Olimpia”, y con tono de burla y risotadas, siempre diría: “De la escoba pasé a la escuadra cromada” –continuaba contándonos, como si fuera una película policiaca-:

En los diferentes operativos en contra de los estudiantes, en los que estuve involucrado hasta lo de Tlatelolco, fue lo que me permitió ganar la confianza de mis superiores. Estaba muy cabrón  pasármela en vela varios días, ahí es donde conocí esta chingadera que vengo a presentarles. Al tiempo que sacaba del bolsillo de su camisa, unos sobres de papel con un polvo blanco. El Chale y yo le preguntamos al unísono: ¿Qué es esa onda güey? El Cano con risa burlona y entonación sarcástica nos respondió con risotadas cortadas: ¡Medicina para pendejos!

Después de su “profunda” explicación sobre el contenido de los misteriosos sobres, nos contaba cuáles eran sus planes para nosotros, iniciando con una pregunta muy rara para nosotros:

¿Supieron lo que pasó hace 4 años en el casco de Santo Tomás? El Chale de inmediato contestó de manera negativa con su cabeza, y volteando a ver con una cara de extrañeza y franca ignorancia, recibía de mi parte, la misma contestación con una cara de mezcla de ignorancia y sorpresa, expresando mi cara de desconocimiento.

¡Ah que mis cuadernos tan güeyes y analgapetos!, ¡El Halconazo pendejos!, ¡Yo estuve ahí! A mí me tocó echar bala a esa bola de tarugos insurrectos, que porque leen un chingo de pendejadas del Che y del Marx, quieren arreglar el mundo.

¡El operativo estuvo bien chingón!, fue todo un éxito, y a mí me premiaron. Me dieron la comisión de seguridad de Obras públicas del gobierno federal, y por eso estoy aquí, “cuidadando” que no haya más de esos pinches rojillos saboteadores del progreso de la nación. ¡Y pos claro!, sacar una feria con esta chingadera –al tiempo que agitaba los sobres de papel con su mano derecha-

De inmediato le dije al Chale: ¡Chale esto no está bien!, sí saben que andamos en estas fregaderas, ¡nos chingan cabrón!, no quiero perder la chamba. En cambio, el Chale emocionado y con una cara de excitación me respondió: ¡No seas joto güey!, ¡Todo está arreglado con el inge!, ¡El Cano y el inge ya se pusieron de acuerdo! Además, tú lo único que tienes que hacer es entregar un sobrecito, cuando te lo pidan a la hora de la paga semanal. Los pinches albañiles son los más “recocoyoles”, les encanta la “cocada”, y verás como ahora si la hacemos en grande.

¡No Chale!, ¡Yo no le entro!, hasta ahorita se están poniendo las cosas más o menos estables con la Concha y con el niño, ¡Y tú me sales con ésta chingadera!, ¡No mames Chale!, yo nomás no le entro. El Chale con cara de sorpresa, pero a la vez con un odio y rencor guardado me respondió: ¡Mira pinche Juan!, ¡El horno no está para bollos en este momento cabrón!, ¡No seas pendejo!, ¡Tu bien sabes lo que debemos en todos lados! El ultimo negocio de fayuca de la Paz, valió madres por tus pinches ideas de fiar las televisiones, y ¡porque a tu vieja agarró lo más caro! Además, tú me debes muchas cabrón, todos mis ahorros se me fueron en tus pendejaditas mal logradas. Así que, ¡Te la rifas conmigo cabrón o a ver cómo te va!

Ambrosio se nos quedó viendo y con un ademán de “me importa poco sus broncas”, nos decía a ambos: ¡Bueno mis chavos!, ¡Ahí ustedes sabrán cómo se arreglan sus bronquitas. Yo solo les vengo a ofrecer un “bisnis” que puede alivianarlos, pero, si no quieren no hay pedo.

Me quedé por unos instantes como pasmado en el tiempo, pensativo, la mirada por un momento perdida, y de pronto, salió en mi boca, y sin pensarlo más, la frase de aceptación, pero, sin mucho ánimo: ¡Ni modo!, ¡A ver qué chingados sale, pues!

No pasaría una semana completa, cuando la noticia se extendería como pólvora. La dificultad del negocio era nula. No había necesidad de buscar los clientes, ellos puntualmente y sin faltar, cada sábado solicitaban su “polvito mágico”, sobre todo los albañiles y los soldadores eran los más “solicitadores”, por no decir “los más viciosos”.

¡Y claro! Los resultados monetarios empezaron a salir a la luz, la Concha y yo nos fuimos a un nuevo fraccionamiento que en esos años iniciaba su construcción, el fraccionamiento Villa Galaxia era el nuevo destino. Recuerdo aún el olor a cemento recién fraguado. El lugar estaba perfectamente pavimentado, limpio, áreas verdes, había agua entubada y luz eléctrica, es más, hasta teléfono teníamos.

El Chale y yo compramos un auto usado, era un Chevrolet Caprice del 72. Nos lo vendió uno de los ingenieros de la obra, porque según se iba a comprar uno nuevo, así que la llegada a la chamba, ya nunca fue un problema.

Recuerdo muy bien un sábado por la tarde, llagaba a la casa con una cama, estufa, refrigerador, lavadora y comedor nuevecitos, sin faltar un televisor a colores marca Zonda –para ver el box por las tardes-, curiosamente la tele venía con un tocadiscos integrado, era todo un monstruo ese aparato.

Por si fuera poco, enfrente de la mueblería estaba una tienda de discos llamada “Discolandia”, ahí me compré 5 LPs de José José y a la Concha le compré 2 de Nelson Ned, -le encantaba como cantaba el enanito-. ¡Eso sí!, todo eso pagado al contado en la Casa Grande, recuerdo que el gerente hasta me regaló unos sartenes de peltre azul y un juego de sábanas por ser tan buen cliente.

También llegué con 6 vestidos y con 4 pares de zapatos para la Concha y por supuesto con un montón de ropa para el niño. Hasta ese momento, todo parecía estar resuelto. Es más, hasta contratamos una señora para que ayudara con las compras en el mercado de la Juárez, para cocinar, lavar y planchar ropa. La Concha ya empezaba a tener tiempo para ir al salón de belleza. Pero, el negocio necesitaba y tomaría otros vuelos.

Una tarde llegó a la casa nuestro amigo, socio y proveedor “El Cano” y nos dijo al Chale y a mí lo siguiente: Mis chavales, la chamba de la Termo ya casi se termina, y necesitamos buscar nuevos clientes, pero, no se preocupen, ¡como siempre mis cuadernos!, ya lo tengo bien planeado. Mis contactos me informaron que después de la inauguración de la Termo, que por cierto, vendrá el presidente López del Portillo. Habrá un recorte y los primeros serán los administrativos y en esa “polla” vamos nosotros.

Rápidamente el Chale, con sorpresa, pero, a la vez de manera intuitiva le preguntó al Cano: ¿Qué se te ha ocurrido pinche Cano? Ambrosio sin mayor preocupación y sin mostrar algún sentimiento de sorpresa o pesar, nos respondió: ¡Nos vamos a las colonias! Nos vamos con los pandilleros, esos chavos serán nuestros clientes y distribuidores, ya verán que esto se cuadruplica de inmediato.

En efecto, al mes se inauguró la termoeléctrica “José Álvarez de Ponzo” de la Comisión Nacional de Energía con la presencia del presidente de la república. Recuerdo que todos parecíamos  perros falderos del presidente, “por aquí Señor presidente”, “después de usted Señor presidente”, “cuando usted guste Señor presidente”. Todos eramos unos pinche huele pedos de ese cabrón.

¡Y claro!, la predicación de nuestro camarada  se cumplió. A las dos semanas nos despidieron, pero, no nos sacaron de la pichada. Al mes y medio, ya teníamos acaparado todas las colonias con los grupos de pandilleros de tales sectores. Ya teníamos como distribuidores principales de la coca y la mariguana a los Mongoles de la Montuosa. Éstos a su vez, la distribuían con los de la Ciudad perdida –los que estaban a un lado de la Cervecería Munich-, también estaban los de la Colonia Urías, los Brujildos de la Juárez, los de la Reforma, los de la Colonia Lázaro Cárdenas, la Colonia Esperanza, los Pingos, los Novatos barrio 19, el Barrio 5, los Lecheros, los Tecatos, los de la Sánchez Celis y los de la Pancho Villa.

Ellos, además de controlar los sectores, mantenían muy eficientemente la distribución de la “medicina nacional” y mantenían a raya a los chotas –policías- y pandilleros de otros sectores que no estaban en la nómina. En pocas palabras, todo estaba perfectamente controlado.

El comandante de la policía municipal y nosotros, teníamos un acuerdo: “No meterse a las colonias y nunca estorbar”. Ellos obedecían, nosotros chambeábamos y a ellos les iba muy bien a final de mes. Era algo así, como ese tipo de juego en el que todos ganábamos.

Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible, sin la ayuda de un viejo amigo de infancia del Chale. En su momento, éste fue contactado por el Chale y sin pensarlo, nos ayudaría a organizar a las pandillas.

El nombre de esta celebridad era Adolfo “El Fito” Osuna, un peleador callejero -casi promesa del pugilismo patasalada- , muy cabrón, que sin pensarla, era mucho mejor de amigo que de enemigo. Para nuestra fortuna, él era nuestro amigo y además colaborador.

Deja un comentario